Día 3. El día amanece nublado, pero como ya tenemos toda nuestra ropa, abrigos incluidos, no nos importa demasiado. A las 14.30 ya hay que estar en la Embajada, así que para no perder tiempo en idas y venidas al hotel, decidimos que será la primera vez que hagamos turismo, sin ir vestidos de turistas. Eso quiere decir, que yo me calzo los tacones y Fernando se pone el traje y la corbata. La verdad es que el resultado no debió ser malo del todo, porque a él lo pararon tres veces para preguntarle unas direcciones. ¡Quien iba a pensar que tan elegantes éramos turistas! Bueno, quizás los zapatos italianos impriman carácter. Así que ya sabeis, si os encontrais a alguien por la calle Real con pinta de italiano pero acento gallego 100%, preguntadle por mí.
Después de desayunar tranquilamente nos vamos a la calle y como llueve,

cogemos el metro para ir a ver algo que no hemos visto antes. La plaza de la República, y allí mismo al lado de las
Termas de Diocleciano, que no son tan importantes como
las de Caracalla, nos quedamos pasmados con una basílica que por fuera no parece ni la mitad de lo que resulta ser por dentro. Ya sabeis que en Roma se han ido aprovechando las construcciones de los antepasados para remodelarlas un poco y hacer cosas encima. Pues esto es la mejor prueba de ello. Por fuera, la fachada de la Basílica de Santa Maria degli Angeli e dei Martiri, es del ladrillo orginal de la termas...

pero por dentro, construida sobre el cuarto de baño de las termas, aparece una iglesia de unas dimensiones sorpendentes y con un órgano impresionante.


Seguimos caminado tranquilamente hasta llegar a
Santa María Maggiore, otra de las cosas que no podemos evitar ver por segunda vez. Su artesonado dorado no sólo por el color sino porque es de oro, y sus mosaicos, son impactantes. Además guarda la reliquia de la cuna de Jesús. Es visita obligada.
Parece que casi no llueve asi que seguimos caminando por la Vía de le quattro fontane, hasta llegar a la
Piazza Barberini, y nos paramos a reponer fuerzas.
De ahí nos vamos directos a la Embajada, donde muy

amablemente nos dejan pasar a una sala para ver desde una ventana todo lo que va a ocurrir en la Plaza que está a rebosar de gente. Así que, espectadores de excepción, vemos como van llegando las autoridades civiles y eclesiáticas, el alcalde de Roma, el Embajador y la llegada del Papa. Hay un pequeño servicio religioso y al terminar, por fin, es el momento. El coro se pone a cantar hasta que el Papa se va. Son sólo tres canciones, pero ellos están contentos por el privilegio de haber sido los elegidos.
Al terminar todos pasamos a los salones de la Embajada, donde nos

ofrecen un cóctel, en el que no falta el chocolate con churros. Bueno yo los churros no los vi, porque todos los italianos ya se los habían comido, pero sé de buena tinta que los hubo. Y ahí, de nuevo, mini concierto. Y puedo asegurar que todo el mundo estaba emocionado: los cantantes, los padres de los cantantes, el Embajador y su mujer, el personal de la Embajada y el resto de asistentes.
La verdad, es que la experiencia fue inolvidable.
Al salir, de nuevo un paseo tranquilo. Café en
El Grecco, y cena en

la
Birrería Peroni (de entrante, un fritto misto que lleva fior di zucca, supplí, y ascolane,o sea, flor de calabacín rebozada, croquetas de aceitunas y de arroz; después, rigatoni a la norcina y ravioli ricotta e spinacci, y de postre, panna cotta y tartufo bianco.)
¿Qué más podíamos pedir?

Pues un paseito tranquilo por la Via de los Foros Imperiales hasta el Coliseo, camino del hotel.
Un día redondo, sí señor.