jueves, 9 de enero de 2014

De sueños cumplidos

¡Atención! Este post va a ser algo más largo de lo habitual, porque este post empieza en algún momento de mi infancia. Ese momento en el que estoy sentada en el sofá de mi casa junto a mi padre un día 1 de enero frente a la televisión para escuchar una música que me parecía fantástica, mientras mi madre ya estaba totalmente entregada en la cocina a la elaboración de la comida de Año Nuevo. 
No sé cuándo fue exactamente ese primer momento, probablemente mucho antes de alguno que conservo nítidamente en mi memoria, pero si tuviera que decir alguna cosa que recuerde de mi primera infancia, estar sentada junto a mi padre en el salón de mi casa el día de año nuevo, sería indudablemente uno de ellos. Y cada año, recuerdo pensar lo increíble que debía ser poder estar allí.
Seguro que esa sensación y ese deseo es algo compartido por mucha gente en todo el mundo, esos miles de millones de telespectadores que tiene el “Neujahrskonzert” y por eso la Filarmónica de Viena desde hace unos años ofrece la posibilidad de optar a la compra de entradas desde cualquier parte del mundo apuntándose a un sorteo durante el mes de enero. La probabilidad de que seas uno de los agraciados es menor a un 1% pero mejor eso que nada, ¿no?
Así que el año pasado me decidí a tentar a la suerte ¿Por qué no? Era el primer paso para cumplir un sueño, y sin ese primer paso, no habría posibilidad de dar los siguientes. Por mucho que pensara que era casi imposible que me tocara, no iba a dejar de lado lo único que sí estaba en mi mano: INTENTARLO. Y lo hice, claro que lo hice. Al inscribirte en el sorteo ya te dicen que sólo a los agraciados se les enviaría una carta por correo postal para comunicárselo. Y en el mes de febrero, ¡la carta llegó a nuestro buzón! La Filarmónica de Viena me comunicaba que yo era una de esas personas que tenía la posibilidad de comprar dos entradas y cómo debía hacerlo. ¡No me lo podía creer! ¡Tenía en mi mano la posibilidad de cumplir un sueño! Y no lo dudé ni por un momento. 
Carta de la Filarmónica de Viena
El año pasó más rápido de lo que pensaba y llegó el momento de viajar.  Y este no era un viaje como los demás. Habíamos visitado Viena hacía unos años y fue estupendo, pero esta vez, no viajábamos sólo para visitar una ciudad. Había una carga emocional añadida. Estábamos dando los pasos que nos llevarían a cumplir mi sueño, así que cada uno de ellos estaba cargado de significado: coger el avión, recoger las entradas el día 31 y pasar por delante del Musikverein sabiendo que estaría allí dentro al día siguiente, vivir el fin de año en Viena (eso merece un post propio), y al fin, ir al concierto.
Y allí estábamos Alba y yo, enseñando nuestras entradas para entrar entre gente de todo el mundo y distintas clases sociales. Después de cinco minutos dentro ya había escuchado hablar a gente en alemán, inglés, español con diferentes acentos, japonés, italiano, francés, chino, y otros idiomas que no supimos detectar. Y todos haciendo fotos con sus móviles porque no permiten acceder con cámaras. Después de dejar nuestros abrigos en el guardarropa, nos dirigimos a nuestros sitios, siempre gracias a las amables indicaciones de los acomodadores. Y sorpresa, cuando ya estábamos en la puerta de los “Stehplaz” nos dicen que debemos entregar la entrada (¿cómo es posible que después de haber llegado hasta aquí me vaya a quedar sin la prueba de haberlo hecho?) pero que no nos preocupemos que al salir pondrán todas las entradas en una mesa para que podamos recogerlas y llevárnoslas de recuerdo (Uf, menos mal). Muy a nuestro pesar, (¿quién nos asegura que estarán allí cuando salgamos?) les dimos las entradas y accedimos. Desde nuestros sitios al fondo de la sala, se veía toda la Groβe Saal, así que vimos como la gente se iba acomodando, como los músicos se iban colocando y como entró finalmente el Sr. Barenboim. Y ahí comenzó la magia. Nunca he tenido la sensación de escuchar un sonido como ese. Cada una de las piezas que tocaba la orquesta  se escuchaba nítidamente en medio de un silencio sepulcral, que se rompía únicamente al finalizar con los aplausos apasionados del público (incluso excesivamente apasionados y fuera de ritmo en ocasiones en la marcha Radestky, pero eso es lo de menos). 
Y yo estaba allí con Alba y no en el sofá de mi casa. Pero no estábamos solas. Porque yo lo estaba viviendo allí por mi padre, el culpable de que este sueño fuera creciendo con los años y al que me imaginaba buscándome en la tele desde el sofá y preguntándole a mi hermana si me había visto; con mi madre, que seguro habría llorado mientas tanto de la emoción y que sabría que ese sí había sido el concierto que más me había gustado y que si hay un más allá desde el que nuestros seres queridos nos ven, estaría tan feliz como yo, sabiendo que me la llevo allá donde yo voy; con Fernando, que aunque le cedió esa segunda entrada a Alba, estaba en  Viena viendo por la tele el concierto de Viena, más cerca imposible; y a muchos amigos, que sabía que estaban pendientes de lo que yo les contaba a través de las redes sociales, especialmente Ángel Burgos, que también se había apuntado al sorteo pero que no tuvo la misma suerte que yo. (El 2015 será el de tu concierto, Angelillo, ¡seguro!). Así que puedo deciros que después del impacto inicial de absorber todo lo que estaba viendo y escuchando, para guardarlo en mi memoria para siempre, llegó el momento de la emoción. Y para eso no hay palabras suficientes. 
Salimos de allí fascinadas. Recuperamos nuestras entradas para poder llevárnoslas de recuerdo, porque efectivamente todas estaban sobre una mesa y  a diferencia de lo que probablemente hubiera sucedido en España, allí cada uno se llevaba exclusivamente la suya. Recogimos nuestros abrigos y mientras tanto en el hall pudimos ver de cerca los magníficos kimonos que llevan las japonesas, antes de salir al exterior del Musikverein, donde todo el mundo se hacía fotos y había muchos curiosos esperando.
No hay nada comparado al sentimiento de realizar algo que llevas deseando mucho tiempo así que no perdáis las oportunidades que os brinda la vida. Nada de esto me habría ocurrido si no hubiera dado el primer paso de apuntarme, si hubiese pensado que era imposible que me tocara. 

Recuerdo que hace años en Madrid, unas alumnas me entrevistaron para un trabajo que debían hacer y una de las cosas que les dije fue que  cuando uno sueña con algo mucho tiempo, al final termina cumpliéndose si ponemos el empeño suficiente en lograrlo. Así que sed testarudos, insistentes, pertinaces, y por supuesto optimistas, porque el pesimismo es el peor enemigo de los sueños. Por cierto, yo ya me he apuntado al sorteo para el concierto del año que viene ¿y vosotros?

P.D.: Ya sé, ya sé ¿Y las fotos? Como en teoría no permitían el acceso con cámaras, os he hecho una recopilación en video de las que hicimos con el móvil durante el proceso para cumplir uno de mis sueños.

4 comentarios:

José Núñez de Cela dijo...

Estuve en un concierto en el MusikVerein hace tiempo, ... pero en años nuevo??? uff. Creía que eso estaba reservado para potentados japoneses!.
Enhorabuena envidiosa!

Eva M. Acón dijo...

Enhorabuena Pilar ! ojo con los sueños, a veces hasta se hacen realidad ! ( y gracias por haberlo compartido con nosotros!).

PMM dijo...

José, ya ves que no soy una potentada japonesa!!! Todo es posible gracias a un sorteo. Bicos

PMM dijo...

Evita, es cierto que hay algún que otro sueño peligroso, pero merecerá la pena pasar algún susto para que se cumpla alguno de los que deseamos de verdad. Bicos!!