He vivido 5 años en Euskadi. Cinco años en los que a pesar
de vivir en una de los sitios más espectaculares que he visto, por su paisaje,
por su gastronomía, por el carácter de sus gentes de bien, en realidad no podía
disfrutar de todo eso. Porque durante esos cinco años aprendimos a estar
alerta, a no pararnos muy cerca del coche de delante cuando estábamos en un semáforo
o en un atasco, a no quedarnos nunca en un bar de espaldas a la puerta, a
revisar los bajos de nuestro coche antes de encenderlo, a inventarme una vida
que no era la mía porque no podíamos decir realmente porqué estábamos allí sin
poner en peligro nuestras vidas o las de nuestros amigos.
Durante un año fui a la Universidad del País Vasco, buscando
darle a mi vida una normalidad que no existía aún a riesgo de que ciertas
personas de mi entorno me llamaran temeraria, y cada día pasaba por el lugar
donde algún tiempo después ETA intentaba matar a Edurne Uriarte, una profesora
de la UPV. Pero
la normalidad no era completa, porque durante ese año escapaba de
conversaciones personales con mis compañeros de facultad evitando tener que
mentir, o no podía decir en alto lo que pensaba sobre determinados temas políticos
o sociales.
ETA ha truncado la vida de 829 familias, pero ha alterado la
de muchas otras más, la de los vascos, por supuesto, pero también la de muchos
otros que trabajaban para el estado español, de una u otra forma: militares,
policías, guardia civiles; o aquellos que
simplemente reivindicaban una forma diferente de pensar a la suya a través de la
cultura o la política.
Porque nos hemos
sentido acosados, amenazados y privados de nuestra libertad.
Todo esto que estoy contando, forma parte de mi historia, muy
parecida a la de muchos otros, que afortunadamente pudimos recuperar nuestra “normalidad” cuando nos trasladamos a
vivir a otro sitio, pero espero que a partir de hoy, con el comunicado que ha hecho ETA del cese de la lucha armada, sea ya también definitivamente una parte de la
historia pasada de este país.



