viernes 21 de octubre de 2011

De nuevas etapas esperanzadoras.


He vivido 5 años en Euskadi. Cinco años en los que a pesar de vivir en una de los sitios más espectaculares que he visto, por su paisaje, por su gastronomía, por el carácter de sus gentes de bien, en realidad no podía disfrutar de todo eso. Porque durante esos cinco años aprendimos a estar alerta, a no pararnos muy cerca del coche de delante cuando estábamos en un semáforo o en un atasco, a no quedarnos nunca en un bar de espaldas a la puerta, a revisar los bajos de nuestro coche antes de encenderlo, a inventarme una vida que no era la mía porque no podíamos decir realmente porqué estábamos allí sin poner en peligro nuestras vidas o las de nuestros amigos.
Durante un año fui a la Universidad del País Vasco, buscando darle a mi vida una normalidad que no existía aún a riesgo de que ciertas personas de mi entorno me llamaran temeraria, y cada día pasaba por el lugar donde algún tiempo después ETA intentaba matar a Edurne Uriarte, una profesora de la UPV. Pero la normalidad no era completa, porque durante ese año escapaba de conversaciones personales con mis compañeros de facultad evitando tener que mentir, o no podía decir en alto lo que pensaba sobre determinados temas políticos o sociales.
ETA ha truncado la vida de 829 familias, pero ha alterado la de muchas otras más, la de los vascos, por supuesto, pero también la de muchos otros que trabajaban para el estado español, de una u otra forma: militares, policías, guardia civiles;  o aquellos que simplemente reivindicaban una forma diferente de pensar a la suya a través de la cultura o la política.  Porque nos hemos sentido acosados, amenazados y privados de nuestra libertad.
Todo esto que estoy contando, forma parte de mi historia, muy parecida a la de muchos otros, que afortunadamente pudimos recuperar nuestra “normalidad” cuando nos trasladamos a vivir a otro sitio, pero espero que a partir de hoy, con el comunicado que ha hecho ETA del cese de la lucha armada,  sea ya también definitivamente una parte de la historia pasada de este país. 

jueves 13 de octubre de 2011

De reencuentros


Hay días que dejan un poso especial. Días que te hacen mantener la sonrisa durante más tiempo del normal. Días, o noches, que te permiten ver a las personas no por su fachada externa sino por lo que viviste con ellas. Y lo curioso es que tampoco tendría porqué ser así, pero en nuestro caso, creo que lo fue. 
El día 11 de octubre, 31 años después de haber terminado nuestra EGB, y después de un trabajo detectivesco impecable de Manuel Pita (mil gracias) he regresado al colegio, y de nuevo en la puerta me he vuelto a encontrar con mis compañeros. Esos con los que pasé mis agonías de la EGB, con los que fui a la Olimpiada cultural Maravillas del Saber, con los que jugué a la pelota, a la Mariola, al brilé, a huevo-pico-araña, que saben lo que es un chicle Cheiw, que veían Mazinger Z o que querían que los Reyes les trajeran un CineExin.
Y el reencuentro fue genial: besos, abrazos, emoción, anécdotas (bueno en eso la campeona es mi amiga Loli). Creo que la mayoría  íbamos con muchas ganas a ese encuentro, probablemente otros no tanto, alguno hubo que ni siquiera quiso ir, y otros que querían, no pudieron. Pero el caso es que allí estábamos  unos cuantos adultos sintiéndonos como niños, disfrutando de una noche  estupenda y con ganas de muchas otras más, entre otras cosas, porque todavía nos quedan algunos abrazos que dar,  muchas cosas que recordar y muchos antros de maldad que visitar ¿verdad, Carlos?  Sois geniales. Somos geniales.